Arcillas del Maipo
SUS USOS DEL PASADO AL PRESENTE
Textos: Paola Guajardo
En la búsqueda y contacto directo con la materia prima, y en el reconocimiento de ésta como parte fundamental de nuestra identidad, tres mujeres chilenas, la historiadora Elisa Silva y las ceramistas Carolina Grof y Francisca Gili, se lanzan cual exploradoras durante un año de investigación a rescatar las virtudes locales de las tierras aledañas al río Maipo, que cruza las regiones Metropolitana y de Valparaíso. 250 kilómetros de longitud, y una expedición desde la Cordillera hasta el mar, en busca de arcillas de esta cuenca para la creación cerámica contemporánea con recursos locales.
"Cerámica desde el territorio: Las posibilidades de nuestras materias primas"
Dialogo en línea , moderado por Fundación Artesanías de Chile, donde conversamos con Taller Rag-Mapu y con la colectiva Colores del Aconcagua acerca de la creación alfarera con materias primas locales.
Cuadernillo Arcillas del Maipo
Ven a conocer este resumen visual hecho por Elisa Silva, donde podrás ver del proceso por el cual pasaron las materias primas que recolectamos recolectadas hasta los resultados que alcanzamos.
‘Arcillas del Maipo. Sus usos del pasado al presente’ constituye un aporte a la Innovación ya que la mayoría de los ceramistas chilenos contemporáneos compra materias primas (pastas y esmaltes) importadas, principalmente desde Europa y Estados Unidos (a más de 10 mil kilómetros de distancia) ‘Tierra y Agua’ envasadas. El proyecto propone justamente, desde una escala artesanal, la posibilidad de abrir líneas de desarrollo e investigación, orientadas a producir cerámicas contemporáneas utilizando como fuente los materiales que entrega nuestra tierra, desde los Andes al Pacífico, y aportar de esta manera a esta creciente práctica hoy en Chile. A lo más puede contribuir a un reflexión, a abrir posibilidades de retomar el uso de arcillas locales en un futuro, y a ser conscientes de la huella de carbono que genera el importar materiales que podríamos extraer de acá.
Maipo, palabra que proviene del mapudungun maipun y que significa trabajar la tierra; arar, atesora el espíritu de este proyecto que faena y recoge la arcilla desde los bordes, vertientes, quebradas, esteros y cerros, siguiendo la huella del agua del río Maipo. Y tal como lo hacían los alfareros del pasado, y aún los tradicionales, de recolectar desde las cercanías de sus hábitats la tierra para sus confecciones: esta práctica es revalorizada de la mano de ceramistas urbanas y contemporáneas.
El arte cerámico es parte de la cultura de la humanidad, convertir el barro en vasijas para contener líquidos y cocer alimentos, y ser parte de los cotidianos simbólicos, religiosos, artísticos, festivos, comunitarios. Comprobar que gracias al fuego éste puede tener la resistencia necesaria para ser un objeto de uso y apreciación.
Desde hace miles de años comunidades alfareras de esta cuenca, han trabajado con arcillas de su entorno cercano. Lo hicieron las culturas Bato y Llolleo (entre el 200 y 1000 dc) y Aconcagua (entre el 900 y 1450 dc). También las alfareras de El Muelle, de Peñaflor, a principios del siglo XX, extraían sus materiales del cerro Pelvín, ubicado a menos de 10 km, o en la fábrica colonial santiaguina de la Ollería que la traía de la Hacienda El Chequén, a unos 15 km de distancia. Lo hacen actualmente artesanos de Pomaire, herederos de una tradición centenaria; sin embargo, para los miles de ceramistas contemporáneos, ésta no es una práctica común. La mayoría de ellos importa sus materiales, además no existe una fábrica chilena que venda estos insumos, y los talleres de cerámica que confeccionan sus propios esmaltes y pastas (para alta temperatura) cada vez son menos. “Entonces hay escasez de ‘ingredientes locales’ para abastecer este mercado” señala Elisa Silva, historiadora y directora de este proyecto.
Desde hace miles de años comunidades alfareras de esta cuenca, han trabajado con arcillas de su entorno cercano. Lo hicieron las culturas Bato y Llolleo (entre el 200 y 1000 dc) y Aconcagua (entre el 900 y 1450 dc). También las alfareras de El Muelle, de Peñaflor, a principios del siglo XX, extraían sus materiales del cerro Pelvín, ubicado a menos de 10 km, o en la fábrica colonial santiaguina de la Ollería que la traía de la Hacienda El Chequén, a unos 15 km de distancia. Lo hacen actualmente artesanos de Pomaire, herederos de una tradición centenaria; sin embargo, para los miles de ceramistas contemporáneos, ésta no es una práctica común. La mayoría de ellos importa sus materiales, además no existe una fábrica chilena que venda estos insumos, y los talleres de cerámica que confeccionan sus propios esmaltes y pastas (para alta temperatura) cada vez son menos. “Entonces hay escasez de ‘ingredientes locales’ para abastecer este mercado” señala Elisa Silva, historiadora y directora de este proyecto.
La cerámica tradicional en Chile, tanto la precolombina como la actual, como el caso de Pomaire, Quinchamalí, ha utilizado una cocción a baja temperatura, entre unos 900° y 1000°. Los esmaltes que se trabajan a alta temperatura, entre 1200 grados y más, son comunes en los utensilios de la cerámica contemporánea, porque los hace impermeables, más duraderos y fáciles de limpiar, entre otras características de diseño y color. El uso de esmaltes o vidriados, y de pasta de alta temperatura como gres o porcelana, es una característica del oficio contemporáneo.
La utilización de la cerámica gres que es un boom hoy no sólo en Chile sino en el mundo entero, originaria de China, tiene la propiedad que puede ser cocida a alta temperatura 1300º sin problema, y no tener ninguna aplicación extra para que sea impermeable, incluso sin ser esmaltada. Al respecto dice Elisa, no es que una técnica sea mejor que la otra, sino que responde a contextos y tradiciones distintas. Es desde fines del siglo XX -añade- que se comienza a trabajar con una cerámica de más alta temperatura a nivel nacional. Actualmente hay una explosión no sólo en Chile, sino en Latinoamérica, Europa, y en todo el orbe de volver a hacer las cosas con las manos, y el tipo de cerámica que se está haciendo más masiva entre los nuevos cultores, es el gres.
Aquellos que no pertenecen a comunidades alfareras tradicionales y trabajan la cerámica contemporánea en nuestro país a alta temperatura, compra sus pastas y esmaltes. Generalmente los materiales o sus materias primas son importados. Las más de cuatro toneladas de pastas importadas adquiridas por el taller Cerámicas Grof, para sus usuarios, durante los primeros meses del 2021, dan cuenta de ello. Nicolás Guillén, dueño de uno de los principales proveedores de materiales de uso cerámico, La Casa del Ceramista, en 2020, declaraba: “Lamentablemente el 95%, el 98% de lo que nosotros tenemos es importado, porque no hay materiales de calidad aquí a disposición”.
Esto no deja de sorprender viviendo en un país de riqueza mineral. De hecho, la primera escuela que buscó dar formación formal de artesanía cerámica en Chile, la Escuela de Artes Aplicadas, institución clave en el desarrollo de la artesanía urbana, destacó este punto: “a pesar de la oposición de algunos, a fines de los años veinte, incorporó este oficio entre las artes, destacando entre sus motivos el aprovechamiento de materias primas abundantes en el país”. (Castillo Espinoza, 2010, p.116)
En este sentido es que Elisa Silva, historiadora, magíster en Cultura Material y Visual y Carolina Grof de profesión escultora, creadora y directora del Taller Cerámicas Grof (2014), ambas docentes del diplomado de Escultura en Cerámica de la Universidad Finis Terrae, en conjunto con Francisca Gili, licenciada en Artes, restauradora, especializada en investigación antropológica y conservación patrimonial, a cargo – recientemente- de la restauración en el Rescate Arqueológico El Olivar (IV Región de Coquimbo), comienzan esta exploración en búsqueda de arcillas para confeccionar pastas y esmaltes propios, someterlos a alta temperatura y poder utilizarlos en la cerámica contemporánea, centrándose principalmente en 3 macroformas de la Cuenca del Maipo: Cordillera de Los Andes, Depresión Intermedia, Cordillera de la Costa Oriental y Occidental.
“El recorrer nuestro territorio en busca de arcillas locales y de su mano preguntarnos sobre nuestra identidad, hacer cerámica de alta temperatura transformando las materias primas de nuestra tierra, es un redescubrir lo propio. Se intensifica este amor -además- por el lugar que uno habita”, señalan. El desarrollo artístico del siglo XIX y XX en su quehacer cerámico mira hacia Europa. “La idea es que podamos mirar nuestro quehacer y hacerlo con materiales de nuestra tierra aledaña”.
“La cultura se forma sobre cotidianos, partamos desde donde pisamos. La cuenca del Maipo es una columna vertebral. El valorar y recoger el material que está bajo tus pies responde también a esa necesidad de arraigo, de localizarte. Entonces el territorio nos habita . Y no sólo nosotros a él. Es un intercambio de respeto y reciprocidad”, recalcan.
Para esta internación en el territorio se valieron del estudio de las distintas tradiciones alfareras de la Cuenca del Maipo, considerando documentos de geología, arqueología y otras ciencias sociales, abocándose principalmente al estudio arqueológico de esta cuenca emprendido hace 20 años por las arqueólogas Fernanda Falabella y Lorena Sanhueza, lo anterior sumado a la preciada conversación con los lugareños que les arrojaron las pistas para dar con las valiosas arcillas: la exploración resultó todo un éxito. Luego de la recolección de arcillas, se debió llevar al Laboratorio Cerámico o ‘Cocina Cerámica’ como le llaman ellas al lugar de experimentación: Taller Cerámicas Grof, para así trabajar las muestras recolectadas, y probar la hipótesis de que éstas podían ser utilizadas a alta temperatura, sometiéndolas a ensayos de punto de fusión, para luego aprovecharlas en recetas de cuerpos y esmaltes cerámicos.
Para Fernanda Falabella, destacada arqueóloga, asesora de esta investigación, “este es un proyecto muy original porque por lo general, en el mundo de los(as) ceramistas, no se ve una búsqueda por materias primas locales. El interés por rescatar y hacer uso de los conocimientos previamente aportados por la arqueología sobre el uso de las materias primas cerámicas por parte de poblaciones del pasado, es también algo muy valioso; un reconocimiento de la profundidad histórica de estas búsquedas en nuestro territorio, la puesta en valor de ellas y un deseo por proyectar al presente las experiencias de esos otros que nos antecedieron”.






Las muestras de arcillas recolectadas por toda la Cuenca del Maipo, comenzando por la Cordillera de los Andes se obtuvieron de la ribera del río Volcán, Yeso y Colorado. En tanto en la planicie intermedia de la cuenca, éstas se extrajeron del río Mapocho (sector Vitacura, en dónde está el Diario El Mercurio) y algunas del Cerro Pelvín, en Peñaflor, y otras de una planta de Áridos que trabaja la tierra para construcciones en Santiago, en el sector Rinconada cuando uno cruza el Río Mapocho a la altura de Maipú. Recogieron también sedimentos del río Mapocho en la misma zona, y del río Maipo en la zona de Codigua y Quincahue que están más hacia la costa.
Desde la Cordillera de la Costa, en su cara oriental, extrajeron muestras del Cajón de los Valles a la altura de Montenegro y del estero Rungue, asimismo de una Mina en Tiltil. Siguiendo por la ruta hacia el mar, recolectaron muestras de un estero que desemboca a la laguna El Peral (cerca de Las Cruces, Cartagena) y otras de un lugar que se llama El Turco, y del Cajón de La Magdalena que están en el área de la Cordillera de la Costa.
No querían dejar la exploración que las tuvo un año en terreno, el salir de la autopista -comentan- para explorar los terrenos sinuosos de la trayectoria del río, entre valles y cerros las tenía encantadas, pero debieron hacerlo para llevar estas muestras al laboratorio o ‘cocina cerámica’. Un gran grupo de personas, colaboradoras del Taller Cerámicas Grof, participó también de este trabajo en la prueba de los materiales recolectados.
Lo primero que se hizo fue clasificar las arcillas de la recolección por cada macroforma, y sin ningún procesamiento extra que sólo ponerlas en unas especies de cucharitas, se llevaron al horno a una alta temperatura de 1250 º a 1280º, algunas se derritieron y otras no. Luego de esta prueba de fusión; según los resultados fueron clasificadas en refractarias o fundentes. Posteriormente se hizo una selección y hubo que tamizarlas, sacar las impurezas, dejarlas en agua para elaborar pastas y esmaltes.
Comenzaron de esta manera con la formulación de pastas. Agregaron las arcillas recolectadas a la receta base de gres de Carolina Grof. Así, en distintas proporciones, se pudo poner a prueba el comportamiento de las arcillas para construir los cuerpos cerámicos. Se realizaron muestras de 50 gramos. “Lo que se hizo fue hacer unas pequeñas vasijas muy chiquititas y pasó que se metieron al horno y ninguna cambió su forma. Entonces en esta proporción que se hizo antes -además- ninguna se derritió. Apareció un tema con la paleta de colores impresionante, como que en el fondo las tierras comenzaron a mostrar esa cualidad, y además el solo hecho de agregarle una arcilla distinta hacía que los colores de cada una se expresaran, y adquirieran nuevas características cromáticas “comenta Elisa.
Dentro de todo este proceso de experimentación en Taller, que fue muy laborioso, algunas de las piezas llevadas al horno si bien conservaron su forma, se resquebrajaron; y otras a la par de soportar la alta temperatura se probaron para ver si podían contener líquido y no filtrarlo, y funcionaron muy bien a fines utilitarios.
Desde esto se desprende que, bajo el mismo amparo de la cocción a alta temperatura, algunas pueden ser usadas para loza y otras para fines artísticos. Pero por sobre todo se comprobó que arcillas de la cuenca del río Maipo sí sirven para la alta cocción, algo así como nuestra propia Gres.
Por otra parte, también se abocaron a la elaboración de esmaltes. Siguiendo el método cuatriaxial (que es elaborar recetas en base a cuatro ingredientes, en distintas proporciones) probaron arcillas fundentes de las recolectadas. La muestra se incorporó como uno de los 4 ingredientes. Primero se probó en 50 gramos y se aplicó sobre plaquitas. Luego, se fueron seleccionando resultados, y fueron aplicados en pocillos cada vez más grandes, porque tal como explica Elisa: “una cosa es hacer una prueba en una plaquita lisa y la otra es aplicar el esmalte a un cuenco o a una superficie cóncava o convexa”. Se hicieron capas delgadas y gruesas por cada una de las muestras que no se fundieron, y se mezclaron -asimismo- en distintas proporciones.
Desde esta base conseguida, comenzó la aplicación de más colores usando óxido de cobre, cobalto manganeso, fierro entre otros. “Todas las arcillas hablan del lugar del cual las recogimos, sus texturas, tramas, sus propios pigmentos naturales, su identidad. Las tradiciones cerámicas del mundo son identificadas por su superficie porque eso es lo primero que uno ve” explica Elisa. “La materia por sí misma, actúa en uno: agencia. Transmite, ya es por sí misma una entidad valiosa”.
‘Arcillas del Maipo. Sus usos del pasado al presente’ recoge – asimismo- el legado andino (de los pueblos originarios a lo largo de la Cordillera de los Andes) de la ‘crianza’ de un artefacto, desde la recolección del material con el cual va a ser hecho, que al igual que los cultores del pasado que dotaban de cualidades únicas a sus creaciones según las materias primas a su disposición, a no más de 10 kilómetros a la redonda, confeccionaban hermosas piezas de arte utilitarias y simbólicas.
“En relación con el desarrollo de una industria de materias primas cerámicas, quedó un camino abierto para potenciar vetas de materias primas locales y generar un contrapeso a las arcillas importadas”, señala Fernanda Falabella, arqueóloga asesora de este proyecto, y agrega: “podemos referirnos a distintas dimensiones de la cerámica en nuestro país. En relación con la producción de corte más creativo/artístico que busca expresar las individualidades, mostrar las potencialidades de materias primas locales, desconocidas, sin uso o subutilizadas abre nuevas posibilidades técnicas y visuales. La experimentación realizada y sus resultados mostraron una gama de recursos locales que -debidamente trabajados- ofrecen características particulares de gran atractivo para las manufacturas cerámicas, y que al estar probadas incentivan su uso”.
Ésta es la primera de cuatro fases de investigación en torno a materias primas locales. Al modo de entender de la ceramista Carolina Grof: los ingredientes bases de cualquier insumo cerámico son las arcillas, fundentes, estructurantes y pigmentos. “La idea es seguir recorriendo la cuenca del Río Maipo, explorando y experimentando con lo que nos ofrece esta tierra”, aseveran. Por otra parte, aspiran a preguntar a otras ciencias exactas, trabajando con asesores de disciplinas como la Química para someter los materiales a análisis de laboratorio, como la fluorescencia de rayos X (FRX) para conocer su composición elemental. “Consideramos que sería muy valioso complementar la investigación de Ciencias Sociales, con lo que puedan decir las Ciencias Exactas”, señalan. El Río Maipo es parte de los 101 ríos que componen nuestro país. A futuro dicen las investigadoras, les gustaría -como un sueño- recorrer todas las cuencas de Chile.
La materia prima que conforma pastas y esmaltes cumple una función clave en la identidad de la cerámica, en lo que refiere a los resultados formales de las piezas, así como a la relación identitaria con las personas y territorios en que se producen. “El valor de tomar agua en algo que es de tu tierra, te entreteje con tu entorno. Es re- enlazarte”, señalan las investigadoras y ceramistas Elisa Silva, Carolina Grof y Francisca Gili. “Vemos nuestra investigación como un primer paso para valorar las materias primas de nuestro territorio, de las tradiciones pasadas y actuales, y desde aquí hacer cerámica contemporánea con identidad territorial, y hacer nuestras propias formulaciones hablando a un contexto global”.